El auténtico miedo humano a cuestionar la Verdad

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Pregunta, pero nunca cuestiones.

Esa era la premisa silenciosa que ensombrecía y rodeaba a las creencias que me enseñaron de pequeño mis padres y mi iglesia.

Si tenía preguntas sobre lo que me enseñaban, no había ningún problema.

Siempre y cuando hiciera las preguntas a las personas adecuadas, y con la «verdadera intención» de conocer la verdad, me darían las respuestascorrectas, que venían las personas que sabían más que yo (como me repetían una y otra vez) o del mismo Dios.

Y, créanme, tenía muchas dudas respecto a aquellas creencias. Por qué hacíamos algunas cosas cómo las hacíamos, por qué creíamos determinadas enseñanzas, y cómo podían tener sentido algunas de esas cosas. En verdad, nunca les vi el sentido a muchas de esas creencias, y en muchos sentidos, nunca me convencieron del todo, así que pasé gran parte de mi vida adulta haciendo preguntas, haciendo todo lo posible por dar con las respuestas adecuadas y creer de verdad en ellas cuando las encontrara. No era muy difícil, porque siempre había alguien cerca con una respuesta para mí.

Pero nunca llegué a cuestionar nada del todo hasta los veintimuchos años. Cuestionar las propias creencias  no era una práctica aceptada en mi familia ni en mi comunidad. Cuestionar era mostrar falta de fé. Cuestionar era permitir que el diablo empezará a engañarte con sus trucos. Cuestionar era reconocer que no eras tan fuerte como la persona que tienes sentada a tu lado.

Y, como la mente humana tiene una necesidad muy tangible de buscar el sentido a las creencias sobre las que construye su vida, reprimí mi necesidad de cuestionar nada y continué recogiendo las respuestas necesarias para funcionar.

Eso es, hasta que vivir las creencias de otras personas se volvió una carga tan pesada que ya no podía aceptar a ciegas aquellas respuestas, y me pregunté de verdad si había estado preguntando o cuestionándome mis creencias toda mi vida.

Me di cuenta de que había una gran diferencia. Preguntar sobre tus creencias es buscar una respuesta a las cuestiones que no encajan del todo, de forma que puedas seguir adelante sin remover demasiado los cimientos de tu vida. Cuestionarte tus creencias es preguntar, con sinceridad, si esas creencias se basan en lo correcto, y si son ciertas o no. Sí, cuestionar es estar abierto a la posibilidad de que no te hayan enseñado las cosas exactamente como son. Preguntar es cerrarte en banda a esa posibilidad. Esa es la diferencia.

Así que, ¿por qué me resultaba tan difícil cuestionar lo que me enseñaban, en lugar de preguntar? Si nunca llegué a creer en ello de verdad, ¿por qué no lo cuestioné mucho antes? Y, ¿por qué hay tanta gente que hace lo mismo? ¿Por qué hay tanta que gente que vive su vida de la misma forma?

¿Por qué luchamos por creer aquello que nos tocó por nacimiento, sin cuestionarlo del todo nunca? ¿Por qué nos negamos a creer que cualquier otra cosa podría ser cierta? ¿Por qué no nos damos cuenta de que hay una infinidad de creencias diferentes posibles en el mundo, y de que hay al menos una pequeña posibilidad de que no hayamos nacido en la más perfecta de todas?

Y, ¿por qué tenemos un miedo tan terrible a lo que pueda ocurrir si cuestionamos las cosas?

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