El padrastro de Noah, todo un papá.

Eran las 12:32 am. Estaba en casa de Mike y Meryn pasando un rato divertido hasta bien entrada la noche, hablando de cirugía estética, películas demasiado inquietantes que nunca deberían haberse rodado y de lo raros que pueden ser a veces nuestros hijos.

Es casi un ritual de cada semana.

Lo que no es un ritual de cada semana es que me suene el teléfono a esas horas. Cuando eso pasa, puedes estar casi seguro de que algo va mal en algún sitio. Aquella noche no fue diferente. Empezó a vibrarme el bolsillo y, antes incluso de sacar el teléfono, de algún modo ya sabía que era la mamá de Noah y que algo malo le pasaba a nuestro hombrecillo.

Efectivamente, en la pantalla resonaba en la identidad de la llamada entrante, y salí corriendo de la habitación para ver qué pasaba.

Noah tenía un catarro muy feo, y llevaba casi dos semanas combatiendo el virus. Parecía que estaba mejorando. Al menos, hasta que recibí la llamada. Las primeras palabras que salieron de los labios de Andrea fueron «Vamos a llevar a Noah a urgencias».

Empezaron a venirme a la cabeza imágenes de mi niño al borde de la muerte. Me dio un subidón de adrenalina y empecé a atarme los zapatos antes de que le diera tiempo a decirme qué pasaba.

Había estado tosiendo y no podía parar, y después le empezó a sangrar la nariz. Como no podían pararlo, ya habían salido de casa e iban camino del hospital.

Me fui de casa de Mike y Meryn dejando una nube de polvo, y fui hasta el hospital al triple de la velocidad normal, que está a 18 minutos, aunque me pareció que tardaba una hora.

Irrumpí en él como una madre que ha tomado asteroides, y dije:« ¡Mi niño está aquí ya! ¿Dónde está?»

La chica de la recepción me indicó una sala justo a la vuelta de la esquina, y esto es lo que me encontré al entrar.

jeff-chapman-chappy-noah-pearce

Ese es Chappy. El padrastro de Noah. Con mi niño en sus brazos.

CONTINÚA EN LA PÁGINA SIGUIENTE