La parte pequeña de las cifras

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La entrada de hoy es muy personal e importante para mí.

El viernes pasado ocurrieron en mi vida unos cuantos acontecimientos, que en el momento me parecieron insignificantes. Pero más adelante, a medida que ordenaba los escombros de pensamientos que se sucedieron, fueron adquiriendo forma algunos conceptos y verdades muy profundos.

Pasé aquel día con una amiga íntima que acababa de completar un programa intensivo de tres meses en un centro residencial afamado para el tratamiento de mujeres con trastornos alimenticios. Me hallaba perdido en una conversación profunda y emotiva con ella, como me suele ocurrir.

En un momento dado de la charla, ella comentó que su trastorno alimenticio era algo con lo que tendría que lidiar el resto de su vida. Le pregunté si de verdad lo creía así. Me dijo que sí. Le pregunté por qué. Dijo que se lo habían enseñado las personas que lo saben. Le pregunté quiénes eran esas personas. Dijo que eran sus asesores. Le pregunté en qué se basaban los asesores. Dijo —Se basan en los hechos. Los estudios muestran que la gente que ha tenido un trastorno alimenticio pasa el resto de su vida luchando contra ello. Una vez que tienes uno, lo vas a tener para siempre.

Me quedé mirándola y tuve que tomarme un momento para procesarlo bien antes de poder responder. No me cuadraba. Es más, me parecía algo completamente absurdo. ¿Por qué? Porque yo no tengo problemas con la anorexia. Yo no lidio con un trastorno alimenticio

Pero sí lo hice.

Saben, hay algo que hasta hoy solo había reconocido ante cuatro personas en el mundo. Yo fui anoréxico.

Sí, yo.

Un hombre.

Era mi primer semestre en la universidad, y por lo tanto la primera vez que me iba de casa, del confort de mis amigos, lejos de todo cuanto conocía. Era en Hawaii, y recuerdo que la primera semana fui a la playa y vi a todos aquellos chicos flacos y musculosos completamente rodeados de chicas. Recuerdo observar cómo montaban sobre las olas. Recuerdo lo grotescamente gordo que me sentí. Recuerdo la desesperación que sentí por ser como ellos y tener lo que ellos tenían.

Tan desesperado, de hecho, que empecé a hacer 3-4 horas de ejercicio diarias, comer menos de 300 calorías diarias, y a adelgazar entre 5 y 10 libras a la semana. Cuando llegué en avión a Hawaii, pesaba 320 libras. Cuando tomé un avión a mi casa, 14 semanas más tarde, pesaba 235 libras. Medía 6,4 pies y estaba más delgado de lo que nunca había estado, pero me seguía sintiendo horriblemente gordo. Seguía obsesionado con ello. Seguía sin ver nada bello o valioso en mí. Mientras me preparaba para ir a casa y ver de nuevo a mi familia y amigos, me odiaba a mí mismo aún más porque después de todo lo que me había obligado a soportar, seguía sin ser uno de «esos tipos».

El vuelo a casa puso fin a aquel trastorno alimenticio. Fue el fin de la anorexia. No volví a Hawaii, y durante los seis años siguientes me pasé a un trastorno alimenticio muy diferente. Se llama comer compulsivamente. Partiendo de las mismas emociones, ansiedad y depresión de las que había surgido la anorexia de aquellos meses, me ponía morado todos los días, continuamente. Seguí así hasta que la báscula llegó a su punto máximo, en 350 libras. Cuando por fin vi el número de la báscula, ya no pude seguir fingiendo que no tenía un problema. Ya no podía esconderme detrás de autodiagnósticos como tener «un metabolismo lento» o ser «ancho de huesos». Y, como ya saben, me desesperé y me operé para hacerme un bypass gástrico.

Al mismo tiempo, sentía una necesidad apremiante de sumergirme en partes oscuras y secretas de mi vida para intentar descubrir por qué me habían ocurrido aquellos trastornos alimenticios. Ya que iba a llegar al extremo de cortar mi cuerpo en pedazos, no pensaba pasar el resto de mi vida enfrentándome al monstruo que me debilitaba.

En los cinco años que han seguido a aquella operación, he hecho cuanto he podido por repararme, y puedo decir con gran sinceridad que hoy ya no «lidio» con ninguno de mis trastornos alimenticios. En absoluto. Me da realmente igual que no vaya a salir nunca en la portada de la revista Body Builder. Me da realmente igual no ser uno de «esos tipos» a los que vi en la playa aquel día. Sin duda alguna, estoy curado.

Así que, cuando mi amiga me contó que hay estudios que muestran que quienes han sufrido un trastorno alimenticio lo tendrán para el resto de su vida, a mí no me pareció bien. Así que le pregunté: —¿Para eso se basan en estudios? —Sí. —¿Y esos estudios muestran que un tanto por ciento de las personas que han tenido un trastorno alimenticio tendrán dificultades el resto de su vida? —Sí. —Y ese tanto por ciento es un porcentaje muy alto? —Sí.

Fue una de esas conversaciones en las que voy pensando las cosas a medida que las hablo. El tipo de conversación por la que me suelo meterme en un lío o meter la pata hasta el fondo.

—Pero, ¿no es el 100%? —pregunté. Ella lo pensó un momento. No. Yo también me callé un momento al tomar forma una revelación importante. —Y con todas las estadísticas y datos que te han enseñado en los últimos tres meses, ¿te han enseñado alguna vez una sola estadística que fuera el 100% de algo? Hubo otra pausa larga.

No.

—Entonces, ¿por qué no puedes ser una de las personas de ese pequeño porcentaje? No pudo responder. Permaneció sentada en silencio.

Y entonces rompió a llorar.

¿Por qué? Porque vivimos en una sociedad que lo redondea todo al 0% o al 100%. No hay término medio. No hay escala de grises. Es todo o nada, y eso es lo que le habían enseñado. Como el 92% de las mujeres con trastornos alimenticios (y no tengo ni idea de cuál es la cifra real) tiene dificultades de por vida, ella debía esperar enfrentarse a ello el resto de su vida. Por alguna razón, yo fui la primera persona del mundo que llegó a decir en voz alta la idea de que a lo mejor ella no tiene que lidiar con esto para siempre. Fui la primera persona que remarcó que aunque el porcentaje de los que sí lo superan es pequeño, existen esas personas. Y debido a la forma de procesar datos de nuestra mente, no lo vemos.

¿No nos damos cuenta de que, si el 92% de la gente sigue enfrentándose a su trastorno alimenticio el resto de su vida, el 8% de la gente no? ¿De que el 8% es capaz de encontrar la forma de librarse de él? ¿De que el 8% finalmente llega a un lugar en el que no ya no pueden albergar el trastorno?

¿No entendemos que si una enfermedad determinada mata al 98% de la gente que la contrae, el 2% de la gente está sobreviviendo? ¿El 2% se recupera? ¿El 2% saldrá de ello fuerte y sano? No, o no lo vemos o nos olvidamos enseguida de ese 2%. Solo vemos al 98% de la gente que no lo consigue, y basamos todo en eso.

¿Por qué, cuando vemos una estadística que dice que el 96% de la gente que pierde peso lo recupera más adelante, nos olvidamos del 4% de que no lo hace? El 4% de la gente pierde ese peso definitivamente. El 4% arregla lo que sea que les hacía engordar en el pasado, y saldrán ilesos de esa montaña rusa.

¿Por qué nos olvidamos de que realmente hay gente que supera pruebas imposibles, reta a la improbabilidad y vence, hace cosas que cualquier otra persona consideraría condenada al fracaso, y logra cosas que parecen superar los límites de lo posible?
Incluso en aspectos poco importantes, ¿por qué nos creemos esa idea de que no podemos evitarlo, no podemos hacer nada, no podemos librarnos de ciertas cosas, o no podemos pasar página? ¿Por qué creemos que no podemos ser la persona graciosa, la persona popular, no podemos ser el tipo rodeado por todas las chicas o la chica a la que todos los tipos se giran para mirar? ¿Por qué creemos que no somos lo suficientemente buenos, lo suficientemente listos, lo suficientemente ingeniosos, o lo suficientemente fuertes?

¿Por qué siempre creemos que otra persona va a ser mejor elección? ¿Por qué siempre creemos que otra persona va a tener más que ofrecer en esa situación? ¿Por qué creemos que lo que nosotros podamos ofrecer es demasiado insignificante? ¿Y por qué creemos que tan a menudo que ya es demasiado tarde para hacer algo?

Al fin y a la postre, muy pocos creemos ser la excepción a las cifras. Muy pocos llegamos a creer que podamos ser uno de los pocos a los que define la parte pequeña de las cifras. Nos reconforta y consuela mantenernos en la parte grande de las cifras. Nos preparamos para tener dificultades de por vida. Nos preparamos para ser débiles y vulnerables. ¿Por qué? Porque lo eran «todos» los demás de no sé qué estudio. Y cuando vamos a la deriva en un mar de «todos», ya no queremos mejorar. Ya no tenemos que superar el peso de los retos del ayer. Ya no tenemos que ir más allá.

El fracaso se vuelve aceptable. La dificultad se vuelve aceptable.

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