Los mil caminos que cruzan el infierno

thousand-roads-through-hell11El infierno. Pasamos gran parte de nuestra vida tratando de evitarlo.

Para algunos, el infierno es perder a alguien. A manos de la muerte, de una ruptura, de una enfermedad mental… ¿importa realmente cómo perdamos a la persona? Están ausentes. No están. Ya no están ahí, y te dejan un agujero del tamaño de un cañonazo en medio del pecho, que apenas te late.

Para otros, el infierno es financiero. Es mirar una bombilla que resplandece y saber que mañana la compañía eléctrica te va arrebatar ese resplandor. Es saber que tu próxima nómina no va a alcanzar para comprar comida a tus hijos. Es rezar por que tu coche aguante solo unos meses más antes de abandonarte para siempre. Es una pila de avisos de facturas vencidas y extractos de tarjetas de créditos, manchados de lágrimas, que permanecen sin abrir.

Para otros, el infierno es una lesión, un padecimiento o una enfermedad físicos. Es la preocupación y el estrés de una enfermedad desconocida o intratable que te persiga constantemente. Es que el lugar que las cosas divertidas y entretenidas que hacías antes sea ocupado por tratamientos dolorosos. Es ser incapaz de usar partes del cuerpo que nunca habías apreciado por completo. Es desear quedarte en la cama, porque la idea de permanecer postrado te atrae mucho más que levantarte y sentir lo que sea que ha atacado o lisiado tu cuerpo.

El infierno personal de muchos es el maltrato. Es ocultarle a tu madre la verdad de los cardenales que te cubren ese rostro que antes fuera bonito. Es yacer indefensa, empotrada contra el piso mientras un hombre te viola. Es odiarte a ti misma porque la persona a la que antes amabas más que a nadie ahora descarga contra ti una agresión verbal de insultos y obscenidades.

Para algunos, es no llegar a encontrar nunca a alguien a quien amar. Es ver cómo pasan los minutos, los años y las décadas de tu vida sin tener nunca un compañero, un mejor amigo o un cónyuge que esté a tu lado. Es estar solo en cada cumpleaños, cada celebración, cada día especial. Es renunciar finalmente a la esperanza y dejar de buscar, creyendo que estás destinado a seguir solo por toda la eternidad.

Para algunos, es sufrir acoso. Para algunos, es que los bajen de categoría o los despidan del trabajo. Para algunos, es ser testigos de un gran trauma o una catástrofe.

Para un gran número de personas, es la depresión. Es la incapacidad para ser felices, aun cuando lo desean con cada latido de su corazón. Es sentirse inútil e insignificante. Es preguntarse si la muerte sería una dulce alternativa a la basura que nos suele echar encima la vida.

Para algunos, es pertenecer a una minoría. Es sufrir odio y desprecio, que los demás te teman. Es que te saquen de tu hogar, te pisoteen y te humillen. Es que te odien por tus creencias o por tu religión. Es que te desprecien, por el motivo que sea.

El infierno es diferente para cada uno, y a todos nos toca cruzarlo de vez en cuando. Gracias a Dios.

Para mí, el infierno fue la infertilidad. ¿Cuántas veces esperé junto a la puerta del baño mientras mi esposa se encerraba dentro con un test de embarazo? Decenas, como mínimo. ¿Cuántas veces tuve que abrazar contra mi pecho a mi esposa, que sollozaba, y dejarla llorar el tiempo que necesitara, porque solo había una maldita línea en el palo? ¿Cuántos días tuve que irme del trabajo para que los médicos me pincharan y agujerearan? ¿En cuántas ocasiones pasé por la vergüenza de intentar hacer lo que se me pedía mientras una enfermera esperaba al otro lado de la puerta? ¿Cuántas agujas tuve que hundir en el trasero de mi esposa, con la esperanza de conseguir dos líneas en la siguiente prueba? ¿A cuántos médicos quise dar una patada en la cara? ¿Cuántas veces hubo de sobrevivir nuestra relación a la ira, las lágrimas, la frustraciones, los abortos naturales o los procedimientos fallidos? Cientos.

Y, ¿cuántas veces me he sentido colmado de gratitud por la desesperación que llegó como resultado? Miles. Puede que decenas de miles de veces…

¿Por qué? Porque fue precisamente aquel infierno de la infertilidad lo que nos llevó a sentir la desesperación. Y fue la desesperación la que nos trajo al niño más bonito que ha visto el planeta. De no haber pasado por cada doloroso e irritante momento de ese infierno, mi hijo estaría ahora jugando con sus Tinker Toys en la moqueta de otro. Estaría llamando «papá» a algún otro hombre, y yo nunca habría sentido su mejillita cálida contra la mía cuando me pide estar cinco minutos más abrazados antes de dormir. Nunca le había oído decir que me quiere ni que soy su mejor amigo. Y nunca lo habría conocido para amarlo. Solo de pensarlo me rompo por dentro.

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