Memorias de un niño que sufrió acoso

Tengo que advertirles de que algunas de las cosas que voy a compartir con ustedes hoy les van a hacer sentir incómodos, pero así suele ser la verdad: incómoda.

Tal vez la única imagen que hay que compartir para esta conversación sea esta, escaneada de mi anuario de séptimo curso. Fue en 1993, y nunca olvidaré el apuro con que desfiguré para siempre mi propia foto para que las personas de mi futuro nunca pudieran ver a aquel horrendo y gordo fracasado de mi pasado.

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La imagen anterior solo es un pequeño síntoma de un problema mucho mayor: el acoso escolar.

Las recientes noticias de sucesos relacionados con el trágico y drástico acoso escolar existente me han hecho pararme a dedicar unos pensamientos incómodos a cuando era más joven. Saben, yo no siempre he sido el hombre seguro de sí mismo y sexy que conocen como Un papá risueño. Durante buena parte de mi juventud me odié a mí mismo, odiaba mi vida, odiaba el mundo, y a diario deseaba que todo acabara. De alguna forma. De algún modo.

Disculpen por la extensión de este artículo pero una verdadera conversación sobre el acoso no es algo pueda llevarse a cabo en unos pocos párrafos. Les ruego que lean hasta el final, lo he dado todo en este mensaje porque ya no puedo quedarme sentado sin hacer nada contra este problema que está llevando a nuestros niños a suicidarse y matarse. Ya no puedo. No después de saber lo que sé.

De seguro que el corazón se les ha acelerado incontables veces al ver o leer las terribles noticias que nos rodean. Niños que se vengan. Niños que sufren. Niños que mueren. El acoso escolar se ha convertido en una epidemia duradera, para la que hay soluciones.

Solo espero que mis palabras de hoy tengan la fuerza suficiente para llegar a cientos de miles de personas, o, si Dios está de mi parte, millones de ellas. Rezo por que vengan a mí las palabras que necesito para poner mi granito de arena en la lucha por reducir drásticamente estos devastadores sucesos. Tengo fe en que quienes lean esto cuenten con el coraje necesario para compartirlo, verlo y cambiarlo.

De ningún modo quiero escribir esto. Es una verdad de la que nunca he hablado abiertamente, con nadie. Una que nunca he tenido el valor de afrontar. Un rincón de mi cabeza por donde nunca dejo que paseen mis pensamientos. Y aun así, probablemente su impacto sobre mí haya sido más fuerte que cualquier otro hecho de mi pasado.

Yo sufrí acoso escolar.

En repetidas ocasiones; continuamente.

Hasta el quinto curso, tenía amigos. Encajaba. Era «normal». Nos mudábamos a menudo, pero no era grave. No recuerdo ninguna gran tristeza ni añoranza en los primeros diez años de mi vida.

Pero en el quinto curso, todo eso cambió. En el quinto curso, no sé cómo, me convertí en un blanco permanente…

Era mi primer día en una nueva escuela. Los pupitres estaban agrupados de cuatro en cuatro. Al comenzar la clase, el maestro me presentó a los alumnos y me asignó un asiento vacío. En cuanto me senté, el chico rubio que se sentaba al otro lado del pasillo (lo llamaremos John) me llamó entre risas: «hola, gordito», de forma que toda la clase lo oyera. Los alumnos de mi alrededor estallaron en una carcajada penetrante. El maestro se limitó a decir «John, ya basta».

Sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Quería salir corriendo y llorar. ¿Estaba gordo? Hasta entonces no lo pensaba. En vez de llorar, me obligué a fingir que nada me había afectado e hice caso omiso.

Cualquier niño acosado aprende enseguida que debe hacer lo que sea menos ignorar al acosador, porque eso siempre es peor.

Al final del día, John me había marcado como su territorio. Junto con su amigo, Mike, dedicó el día entero a asegurarse de demostrarme que no era bienvenido y sobraba. Me llamaron todos los «motes  para gordos» que se les ocurrieron, incluidos culogordo, gordo seboso, y gordote. Cuando terminó la jornada, habían reclutado al menos a la mitad de mis compañeros de clase para que me llamaran, simplemente, «Mantecas». Aquel primer día volví a casa y les dije a mis padres que «en clase ha ido todo bien». Después fui a mi habitación a llorar.

El segundo día, los comentarios para llamarme «gordo» empeoraron. Ya participaba casi toda la clase. Ni una persona me defendía. Ni una persona intervino. El maestro había oído algunos de los peores insultos, y nunca me ofreció ayuda. En el recreo, pregunté a otro chico dónde estaba el servicio. Me indicó la entrada del servicio de niñas. Sin darme cuenta de que lo era, entré. Las niñas comenzaron a gritar, y yo salí corriendo al patio, para ser recibido por una masa de dedos que me señalaban y risas estridentes.

Tercer día. Aún peor. Cuarto día. Aún peor. Quinto día. Aún peor.

Sexto día. Al volver a casa después de clase berreé sin control junto a mi madre. Lo recuerdo como si hubiera sido esta mañana. Ella no paraba de preguntarme qué sucedía. Al final conseguí balbucear: —hay un niño que no deja de llamarme gordo. No le conté toda la verdad. Lo que realmente ocurría. Me abrazó y me dijo que no me preocupara. Todo mejoraría.

No mejoró. Séptimo día. Aún peor. Décimo día. Aún peor. Trigésimo día. Mucho peor.

Porque John y Mike nunca paraban. Nunca me daban un día de descanso. Y aunque su acoso alcanzo su punto álgido unos días después de llegar yo a la escuela, el disgusto que sentía conmigo mismo siguió aumentando hasta que realmente llegué a odiarme. Saben, llegué a creer que realmente era todo aquello. Creía que estaba gordo. Creía que era feo. Y para mí, cada día era peor, porque cada día sus palabras y castigos me sumían más profundamente en la tristeza.

Al terminar el quinto curso era oficial: me odiaba a mí mismo. Mi primer día en aquella escuela había sido siete semanas antes de las vacaciones de verano. Bastaron siete semanas para extraerme hasta la última gota que me quedaba de amor a mí mismo.

El año siguiente no trajo tiempos mejores.

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