Noah. Una historia de adopción.

Mi hijo, Noah, es probablemente una de las criaturas más brillantes que han pisado este mundo. A menudo pienso que su madre biológica debió de tener que envolverse en arpillera para que la luz no la atravesara durante esos nueve meses.

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He pasado más de una década persiguiendo las cosas de esta vida que creo que me harán feliz. Dinero. Chicas. Posesiones. M&Ms raros. (No es que se me diera bien conseguir ninguna de esas cosas). Nunca, ni en mis pensamientos más abstractos, se me habría ocurrido que un hijo podría ser, y llegaría a ser, el número uno de mi lista. Y no solo ocupó el primer puesto, lo hizo con autoridad.

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Noah es precioso. Su piel es preciosa. Sus ojos son preciosos. Su cara es preciosa. Todo en él es, sinceramente, precioso. Pero retrocedamos un poco.

Quien es vale mucho más que su aspecto físico. Noah tiene un espíritu que desprende luz. Noah tiene un semblante bondadoso. Tiene afinidad para hacer que la gente se sienta bien, que se sienta mejor. Noah es feliz. Está lleno de energía. Noah es afectuoso, altruista y permisivo. Noah tiene una cierta ternura que no muchas personas tienen. Noah ama a las personas que lo aman. Cree muchísimo en su propio potencial, incluso a sus tres años. Tiene una risa que podría hacer sonreír a Miss Hannigan. Le encanta soltar chistes. Le encanta abrazar a la gente, y sus abrazos siempre son cálidos y blanditos. Le encanta decirle a la gente que la quiere. Sí, Noah es todo eso y más.

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Ahora imagínense que todo eso, todo lo que he mencionado, corre hacia ustedes a toda velocidad, agitando los brazos sin control a cada paso, directo hacia sus brazos. Imagínense todo eso con una cara más feliz que el día de Navidad, porque está muy contento de verlos a ustedes. Imagínense que todo eso se sube a la cama y se acurruca con ustedes el sábado por la mañana. Imagínense que todo eso grita y se desternilla de risa cuando le cuentan antes de dormir cuentos en los que alguien mata a un dragón. Imagínense que todo eso, todo ello, les da un beso en la boca, porque el resto no le vale, y dice, «Somos los más mejores amigos, papá».

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Eso es lo que tengo cada tía que tengo a Noah. Olviden cualquier otra cosa horrible que haya en la vida. Tengo eso. Y eso consigue que nada malo importe. Todo lo demás es… banal. Denme el día más horrible que puedan imaginarme. Llévenme hasta el límite de mi capacidad de aguante. Hundan el suelo bajo mis pies. Pero déjenme eso al final del día, y el mundo volverá a estar bien.

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Permítanme compartir con ustedes la milagrosa historia de cómo Noah entró en mi vida. Es una historia que nunca podré contar tan bien como para demostrar que Dios nos ama a todos, incluso a los que probablemente no nos lo merezcamos tanto. Es una historia con gran valor sentimental para mí. Una historia que deseo que pueda dar esperanza a los padres que estén sufriendo por la infertilidad, el camino hacia la adopción, u otras dificultades similares.

Mi primera esposa y yo intentamos durante años tener hijos, sin éxito. Estoy seguro de que no tengo que contarles a muchos de ustedes el estrés y los dolores de cabeza que trae la infertilidad a un matrimonio. Para resumirlo un poco, terminamos intentando concebir en una placa de Petri, mediante fecundación in vitro (una historia infernal que daría para otra entrada, aunque no creo que llegue nunca). Consiguieron extraer de mi esposa la enorme cantidad de 17 óvulos en nuestro primer intento. Mediante un proceso llamado ICSI, inyectaron un espermatozoide en cada uno de esos óvulos, para fecundarlos. En nuestro primer (y único) intento con in vitro, conseguimos 14 embriones. Era una noticia increíble, porque podíamos congelar 12 para intentos futuros, y tendríamos que volver a pasar por todas las dolorosas inyecciones, extracciones, y visitas al médico, si decidíamos intentarlo de nuevo.

Pero, a lo largo de los siguientes días, antes de llegar a madurar lo suficiente como para insertarlos, todos empezaron a morir. Eso no pasa. Cuando un embrión está formado, casi siempre se va haciendo más sano y fuerte. Los nuestros se volvían más débiles y enfermos. El día que teníamos que implantar los embriones, el médico nos dio la mala noticia de que solo tres seguían vivos, y apenas. La probabilidad de que se quedara embarazada era nula, aun implantando los tres. Pero decidimos hacerlo aun así, y unos días más tarde recibimos la noticia de que… estábamos embarazados. Solo que a duras penas. Para no perder el bebé, mi esposa tenía que tener la hormona HCG en un nivel por encima de 100. La tenía a seis. —No esperen que este bebé sobreviva. —Nos dijeron. Pero, por supuesto, no les escuchamos. Y, por supuesto, se nos partió el corazón cuando tuvo un aborto natural a los pocos días.

Y en aquel momento abandonamos la idea de concebir. Había algo en ello que ya no nos hacía sentir bien. Había algo en nuestro ADN que no combinaba bien. Empezamos a plantearnos la posibilidad de adoptar, y pronto comenzamos el proceso para que nos declararan aptos.

A lo largo del proceso, tuvimos que ir a cursos en los que te describen el panorama más desolador posible sobre el tiempo que podrías tener que esperar hasta que te eligen para una adopción. En la agencia en la que estábamos, la media era de dos años. Decidimos que podíamos esperar lo que hiciera falta, y nos registramos. Tardamos unos meses en conseguir los informes sociales y que nos validaran la documentación, y después nos pusieron en «la lista», dispuestos a sobrellevarlo.

No habían pasado ni tres semanas, cuando recibimos un email de una mamá biológica que tenía un par de preguntas. Creo que nunca me ha dado un vuelco tan grande el corazón como cuando vimos su mensaje en nuestra bandeja de entrada. Después de unos pocos mensajes muy cautos (a lo largo de una hora que me pareció una eternidad), nos dijo que le gustaría que adoptáramos a su bebé. Quería que nosotros adoptáramos a su bebé. Después nos dio una noticia igual de impactante: salía de cuentas en tres semanas.

El torbellino que vino a continuación fue el auténtico caos. Todas las madres, hermanas, tías, abuelas, vecinas, conocidas y desconocidas en 600 millas a la redonda aparecieron para organizar una «baby shower de emergencia». Mi esposa llegó a casa con tanta ropa de bebé que durante los primeros seis meses de su vida Noah no tuvo que repetir modelito (literalmente), y la mitad de su ropa seguía teniendo la etiqueta cuando la regalamos. Compramos una cuna, pintamos una habitación, decoramos a lo bestia, hicimos fiestas, y entre medias hicimos numerosos viajes para conocer a la mamá biológica, que vivía a dos horas de nosotros.

En aquel breve lapso de tiempo, intimamos mucho con ella. Los detalles de por qué nos entregó a Noah los puede compartir con el mundo ella, y solo ella, así que les ruego que no me pregunten. Pero sepan que esta chica era y es hermosa. Es impresionante, de hecho. Nos dio algo por lo que nunca la podremos compensar. Nos trajo a Noah. Me lo trajo a mí.

Una semana antes de la fecha planeada (solo dos semanas después de que recibiéramos la noticia), se puso de parto y fuimos corriendo a dar la bienvenida al mundo a nuestro bebé recién llegado, estrenando minivan, sillita de bebé, portabebés, bolsas de mantas, ropa de bebé, regalos, flores, y cualquier otra cosa que pudimos meter. Fuimos al hospital, donde nos había invitado a vivir con ella el nacimiento de nuestro hijo. El parto transcurrió rápido y sin complicaciones. En el último minuto, una de las enfermeras se escandalizó y dijo que no deberían permitirme presenciar el parto. No le parecía apropiado. Sacudí la cabeza sin poder creérmelo, y salí de la sala mientras las mujeres hablaban de ello. Por lo visto en los cinco minutos que estuve fuera pasó de 3 cm a 10, y tuvo el bebé. Volví a caminar hacia la sala, y escuché un tímido llanto de bebé al acercarme. Mi esposa salió y me dijo: —Ya está aquí. Puedes entrar. —En seguida, la emoción fue mucho más fuerte que mi frustración por la enfermera, y me deslicé hacia el interior de la sala para ver la preciosa mercancía que yacía en ella.

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Cuando por fin depositaron su diminuto cuerpo arropado en mis brazos anhelantes, surgió inmediatamente un vínculo entre ese niño y yo. Me envolvía un manto de responsabilidad y amor, y prometí solemnemente ser el mejor papá que se haya visto nunca. Que este niño nunca sabría lo que es tener un papá que no lo quiere. Que nunca sentiría que no lo protegen. Que siempre sería mío. Y yo siempre sería suyo.

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Y eso no ha cambiado.

Nunca.

Quiero a ese niño. Me encanta todo en él. Hasta el detalle más pequeño.

Siempre que pone caras graciosas, y siempre que se tira un pedo y se muere de la risa. Me encanta cuando llora. Me encanta cuando no puede hacer algo. Me encanta cuando cuenta historias fragmentadas o se le caen todos los M&Ms por mi camioneta. Me encanta cuando me hace dibujos. Me encanta cuando no puede articular una frase con sentido porque está muy emocionado por algo. Me encanta cuando se despierta de la siesta totalmente desconcertado. Me encanta cuando no puede parar de reírse, porque le encanta reírse. Me encanta cuando insiste en que mire sus nuevos trucos. Me encanta cuando se cae de la bicicleta y se levanta de un salto, intentando que no me dé tiempo a verlo. Me encanta ver cómo se sube a nuestro melocotonero, y me encanta su fascinación cuando recojo las cacas de perro del jardín. Me encanta cómo se inventa juegos de palabras con el nombre de su chocolatina favorita, y me encanta que pruebe cualquier comida sin dudarlo, solo porque a su papá le parece que está rica. Me encanta cuánto me quiere. Me encanta cuánto quiere parecerse a mí.

Noah es mi hijo, y esta solo es una pequeña muestra de lo que siento por él. Créanme, el 100% de mis sentimientos no caben en Internet. Este es Noah.

Dan Pearce, Un Papá Risueño