Soy cristiano, a menos que seas gay

Group of friends

Hoy quiero escribir sobre algo que me ha preocupado la mayor parte de los últimos diez años. He labrado al menos una docena de borradores de esta entrada, cada uno extrañamente diferente de los demás, y todos fracasaban en el objetivo que me había propuesto. Lo cierto es que hace más de un año que intento de vez en cuando escribirla, pero parecía imposible dar con las palabras adecuadas.

Al final, para publicarla, tenía que importarme más el mensaje que las reacciones negativas que pudiera haber. No bromeo cuando digo que espero poder hacer llegar este mensaje sin ofender… bueno… a todo el mundo.

Realmente, tengo la esperanza de que esta entrada despierte y anime un debate relevante y digno que lleve a cambios relevantes y dignos en las vidas de al menos algunas personas que están sufriendo.

Dicho esto, creo que hoy se hace necesario decir unas palabras contundentes.

«Dios odia a los maricones.» Todos hemos visto las pancartas que ondean bien alto los miembros de la Iglesia Baptista de Westboro. En la televisión. En la vida real. Es difícil no fijarse.

A lo largo de los años, he visto cómo los miembros de esa organización extienden a través de los medios de comunicación un odio y una repulsa que parecen no tener fin. Para quienes no sepan mucho de esa “iglesia”, ha ganado mala fama a través de actos tan dramáticos como piquetes con carteles atroces y flagrantes protestas contra la homosexualidad en funerales militares.

Casi todas las personas de casi cualquier religión condenan y desprecian sin problema a la Iglesia Baptista de Westboro y sus miembros, quizás con razón. Llevan la libertad de expresión mucho más allá de lo que los padres fundadores pretendían cuando lucharon por ese derecho, y al hacerlo se ríen del resto del mundo.

Pero hoy no quiero hablar de esos imbéciles. Quiero hablar de ustedes. Y de mí.

Y de mi amigo, al que llamaré Jacob.

Jacob tiene 27 años, y resulta que… es gay.

No lo sabe mucha gente. Vive en una comunidad en la que la homosexualidad «está mal vista».

Hablé por teléfono con él hace unas semanas, y le estaba contando mis intentos frustrados de escribir esta entrada. Él trataba de reprimir sus emociones, pero finalmente se le escaparon las lágrimas mientras reflexionábamos sobre el problema del que esta entrada pretende hablar.

Antes de seguir, creo que tengo que dejar algo dicho. La entrada de hoy no trata de la homosexualidad. No trata de los cristianos. No trata de la religión. No trata de política. Trata de algo completamente diferente. Algo más grande. Algo más sencillo.

Trata del amor.

Trata de la bondad.

Trata de la amistad.

Y el amor, la bondad y la amistad son tres cosas que Jacob no ha sentido desde hace mucho tiempo.

Le estoy agradecido por permitirme que comparta aquella conversación con ustedes. Fue algo así:

—Jacob, de verdad que no sé cómo escribirlo —dije—  .Sé lo que quiero transmitir, pero nunca encuentro las palabras adecuadas.

—Dan, tienes que escribirlo. No te rindas. Insisto, alguien tiene que decirlo.

Hice una pausa. —No lo entiendes. Es un tema demasiado candente  y delicado, al que la gente reacciona de forma emocional. Me lincharían.

Mi amigo vaciló. —Dan, eres el único amigo que tengo que sabe que soy gay. El único, caray— dijo él.

—¿Cómo que el único? Sé que se lo has contado a otros amigos.

Fue entonces cuando se le rompió la voz. Comenzó a llorar.

—Todas las personas a las que se lo he contado me han dejado de lado. Desaparecen sin más. Dejan de llamarme. Me borran del Facebook. Desparecen —dijo. —No soportan conocer y ser amigos de una persona homosexual.

No sabía qué decir. Así que no dije nada.

—No sabes lo que es, amigo. No sabes lo que es vivir aquí y ser homosexual. No sabes lo que es no tener absolutamente a nadie. No sabes lo que es que tus propios padres te odien e intenten encubrir tu existencia. Yo no elegí esto. No lo quería. Y estoy cansado de que la gente me odie por ello. Ya no lo puedo soportar. No puedo.

¿Cómo se responde a eso?

Quería decirle que estaba todo en su cabeza. Sabía que no era así. Quería decirle que todo mejoraría y será más fácil. Pero sabía que habrían sido palabras vacías, dichas sin convicción.

Porque, ¿saben? Yo también vivo en esta comunidad. He oído el odio. He odído la indignación. He oído el desdén. He oído el chismorreo. He oído el recelo. He oído la ira. Lo he oído todo, y lo he oído escondido y disfrazado bajo un envoltorio de superioridad moral y un velo de palabras de «ternura» o «religión». Lo he oído tantas veces que no las voy a contar.

Sobre las personas homosexuales.

Sobre las personas que visten diferente.

Sobre las personas que se comportan diferente.

Sobre las personas gordas.

Sobre las personas con drogadicción.

Sobre las personas que fuman.

Sobre las personas alcohólicas.

Sobre las personas con trastornos alimenticios.

Sobre las personas que pierden se distancian de su fe.

Sobre las personas que no pertenecen a la religión local predominante.

Sobre las personas con piercings no tradicionales.

Sobre las personas que simplemente nos miran a ustedes o a mí de forma inapropiada.

Lo he oído, y lo he oído una, y otra, y otra vez.

Diablos, en el pasado (y hasta cierto punto, en el presente) yo también fui parte de ello. Lo propagué. Tuve el engreimiento de participar en ello. Lo reconozco.

Y lo hice bajo el término genérico de «cristiano». Lo hice con la convicción de que mis actos estaban en cierto modo justificados por mis creencias de aquel momento. Lo hice creyendo realmente que aquellos actos surgían del… amor.

Este fenómeno no es exclusivo de Utah. He vivido fuera de aquí. He trabajado fuera de aquí. Había el mismo problema en Denver. Había el mismo problema en California. Lo veo en blogs. Lo veo en programas de televisión y radio. Lo oigo en torno a las cenas de mi familia de cuando en cuando. Normalmente se dice de forma pasiva, furtiva, y desde la «rectitud».

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