Soy yo. El chico perfecto.

dan-pearce-single-dad-laughing7Hola a todos, soy yo. El chico perfecto.

El bloguero perfecto. Hombre perfecto. Novio perfecto. Padre perfecto. Amigo perfecto. Vecino perfecto. Lo que quieran perfectos.

Bueno, ahora en serio. He decidido que soy perfecto, definitivamente, y me gusta ser perfecto, y estoy muy agradecido por ser una de las pocas personas del planeta que son perfectas de verdad.

Meh.

He vomitado al escribir eso. Pero tenía que escribirlo. De verdad.

¿Saben? Quiero ser imperfecto. Y quiero quererme a mí mismo a pesar de mi imperfección. Y quiero aceptarme a pesar de ser imperfecta.

Y no me ha funcionado ser imperfecto sin más. Tampoco me ha funcionado contarles una y otra vez lo increíblemente imperfecto que soy. Sigue habiendo quienes tienen esa idea de la perfección, creen que puedo encajar en ella, y cuando no encajo hacen todo lo que pueden para acosarme por ello enseguida, con todas sus fuerzas.

Así que, en vez de decirles lo imperfecto que soy, voy a hacer algo que nadie soporta, y voy a empezar por decirles lo perfecto que soy en realidad. A lo mejor entonces creerán de vez en cuando lo que les he dicho tantas veces: que estoy muy lejos de ser perfecto.

Una de las mayores ironías de este blog es cómo se vió disparado el éxito y cómo eso se convirtió en una vorágine justamente de aquello de lo que quería huir.

Un Papá Risueño se hizo a las masas cuando publicó  Una enfermedad llamada «Perfección» hace casi tres años.

En esa entrada, les pedí que… no, les supliqué que dejaran de lado esa fachada de perfección y empezaran a disfrutar cada uno de las gloriosas imperfecciones de los demás. Fue una entrada escrita desde una profunda desesperación, porque yo más que nadie me sentía atrapado en ella, y cuanto más intentaba mantenerme a flote más se desmoronaba mi mundo. Parecía que la perfección era el problema. Era el denominador común en todo. Y yo decidí ponerle fin.

Con aquella entrada, me eché encima a los lobos. Me puse en el blanco de las críticas, molesté a los dioses de la perfección, y saqué a relucir todos los trapos de grandes secretos y vergüenzas vitales. Sí, saqué algunos trapos sucios y los colgué con orgullo donde el mundo entero pudiera verlos, en un intento de impedir que el mundo siguiera definiéndome en función de ellos.

Y ahí está la ironía.

Ese artículo trajo a una gran oleada de gente que empezó a seguir el blog, gente que también tiene problemas con esa enfermedad, como yo, y por desgracia muchos de ellos vinieron con palabras muy duras, mentes muy cerradas, y con mano muy firme, a darme feedback sobre todo lo que hiciera.

Y, en un abrir y cerrar de ojos, para mantenerlos a raya, tuve que fingir ser un hombre perfecto que sabía que no era.

Volví a verme arrastrado a la misma situación de toda mi vida.

Allí me quedé durante mucho tiempo. Y la verdad es que hizo que algunas personas de Internet me odiaran. Vale, lo reconozco. ¿Cómo podría no reconocerlo? No dije abiertamente: «pero miren esos dos primeros párrafos de arriba». Eso era lo que desprendía, y seguro que yo mismo odiaría a cualquiera con esos aires.

En fin, seguí siendo ese bloguero demasiado profundo, demasiado pensativo, demasiado perfecto durante más de un año. Ahora pienso en ese tiempo y esto es lo que recuerdo:

Casi todo lo que hacía, pretendía A) que todo el mundo me quisiera y B) evitar que cualquiera se ofendiera. No era mi intención, pero lo hice. La vida me llevó por ese camino. Esa fue la fórmula que la perfección llevó a la superficie.

Y, ¿saben qué? La fórmula funcionó.

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